Momentos difíciles

Evidentemente será una casualidad pero me resulta curioso que acabo de leer el primer libro que consigue llamar mi atención después de casi seis años de intentos (desde que nació Sofia y mi vida se transformó en abnegada dedicación maternal) y cuando miro en qué día vivo, me encuentro con que es día 10 de agosto, justo tres meses desde que Carlos nos dejó.

Hace unos nueve que no escribo nada. Prácticamente todo el invierno, la primavera y parte del verano. Y no por falta de acontecimientos sino por el esfuerzo psíquico y moral que ha supuesto para mí sobrellevar el día a día. Y después, por un total bloqueo mental.

Desde el diagnóstico de la puta de enfermedad de Carlos, mi máximo empeño fue encontrar una explicación y sobre todo una solución. O más que una solución, una tabla de salvación. Porque sí, estábamos en medio del océano más cruel y frío, lo peor de lo peor, una enfermedad sentenciada desde el minuto uno, un laberinto sin salida, un final anunciado que, lógicamente, no queríamos ver. Me pasaba las noches buscando información. Le enviaba por WhatsApp a mi hermana cualquier artículo médico, revista especializada, noticia de prensa…, cualquier halo de esperanza era genial para superar un día más. La operación y la quimio hipertermica eran nuestra salvación. Llegue a convencerme de que incluso la curación era posible.

En pleno apogeo de la enfermedad de Carlos, volví a llevarme un gran susto con el pecho. Una hiperplasia atípica en el pecho izquierdo me obligó a pasar de nuevo por el quirófano y un sinfín de pruebas, esperas y diagnósticos en la más estricta intimidad para no añadir más sufrimiento del que estábamos padeciendo en casa. Por suerte, y en principio, todo fue bien.

Pero lo peor fue el desenlace. No podré olvidar jamás sus últimas horas consciente. La pena, el sentimiento de injusticia, su tristeza -y la nuestra-, su total revelación contra lo que ya sabia evidente, su cabreo con el mundo por la putada que le había tocado vivir,…y después de todo eso, su ausencia, el vacío, la impotencia, y sobretodo, la pena y la tristeza. Es lo que me queda de su recuerdo justo tres meses después. Y no sabes lo que me jode…me quedo con la pena de no haberme podido despedir de él. El sabía que yo lo sabia. El creía que yo era la única que lo sabia. Y aunque no era así, y aunque el y yo siempre nos habíamos entendido muy bien hablando, fui tan gilipollas y tan inoportunamente respetuosa con su silencio, que no hable de nada con el. Y esa es la pena que me queda. Como si haberlo hablado hubiera solucionado algo…seguro que no, pero para mí era fundamental siempre contar con su opinión para las cuestiones importantes de mi vida, y ésta, la más importante de la suya, no fui capaz de hablarla con él. Y tampoco de despedirme cuando le tuvieron que poner la dichosa inyección… Y eso duele, duele, duele…

Abrázame que no te quiero, de Irene Ferb. Lo he leído con la esperanza de que me sirviera de algo. Es sobre la muerte, me dijo mi hermana. Pero no. No sirve. Ojalá fuera cierto…pero es demasiada ciencia ficción. No obstante, me ha servido para dos cosas buenas. Una, leerme por fin un libro con enfermiza ansiedad, y acabarlo un 10 de agosto, tres meses después de la surrealista muerte de Carlos, escribiendo en mi blog en el que no escribía desde hacía mucho tiempo. Por desgracia, a él le dedico este post, a lo que me había resistido durante mucho tiempo. Y ojalá sea algo de cierto el libro, y esté en otra dimension, viéndonos, enviándonos mensajes positivos y ayudándonos a elegir el mejor camino para hacer bien las cosas.

“El sol, mamá. He elegido el sol. Esa será la estrella del abuelo. Y no una de las que vemos por la noche. El sol, porque es la estrella más grande, la que más brilla y la que durante más tiempo del día estamos viendo”. Dulce y sabia Sofia…

“Para recordar de vez en cuando”

Con este título guardé una nota en el móvil hace tres años y hoy la rescato del olvido haciendo honor al título que le puse en su día. La guardé porque me sentí enormemente identificada y, por desgracia, me vuelve a pasar hoy al releerla. 

En estos tres últimos años nos han pasado muchas cosas. Desde el feliz nacimiento de mi segunda hija, pasando por un cáncer en primera persona, puta enfermedad que se está repitiendo en el marido de mi madre, y alguna que otra decepción que, aunque fuera de lo personal, promete triste desenlace. Todo lo vivido nos ha hecho un poco más fuertes pero también ha dejado en nosotros canas prematuras y algunas cicatrices, unas más visibles en el cuerpo, otras más profundas en el alma.

En fin…, que me ha venido bien desvelarme esta noche, porque la he vuelto a leer. Y me vuelvo a dar cuenta de que tienen que pasarnos grandes cosas para darnos cuenta de lo importantes que son las más pequeñas. Con el firme propósito (ahora que empezamos año nuevo) de no volver a decirle a Sofia “date prisa”, os copio y pego el artículo de Rachel Macy Stafford 19/08/2013 que tanto me impactó en su momento y hoy me vuelve a tocar la fibra. 

El día en que dejé de decir “date prisa”

Cuando estás viviendo una vida apretada, cada minuto cuenta. Sientes que deberías tachar algo de la lista de cosas pendientes, mirar una pantalla, o salir corriendo hacia el siguiente destino. Y no importa en cuántas partes dividas tu tiempo y atención, no importa cuántas tareas trates de hacer a la vez, nunca hay suficiente tiempo para ponerse al día.

Esa fue mi vida durante dos años frenéticos. Mis pensamientos y acciones estaban controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil y agendas repletas. Y aunque cada fibra de mi sargento interior quería llegar a tiempo a todas las actividades de mi programa, yo no.

Verás, hace seis años, fui bendecida con una niña relajada, sin preocupaciones, del tipo de quienes se paran a oler las rosas.

Cuando tenía que estar ya fuera de casa, ella estaba ahí, toda dulzura, tomándose su tiempo para elegir un bolso y una corona con purpurina.

Cuando tenía que estar en algún sitio desde hacía cinco minutos, ella insistía en intentar sentar y ponerle el cinturón de seguridad a su peluche.

Cuando necesitaba pasar rápidamente a comprar un bocadillo en Subway, se paraba a hablar con la señora mayor que se parecía a su abuela.

Cuando tenía 30 minutos para ir a correr, quería que parase la sillita para acariciar a cada perro con el que nos cruzábamos.

Cuando tenía la agenda completa desde las seis de la mañana, me pedía que le dejase cascar y batir los huevos con todo cuidado.

Mi niña despreocupada fue un regalo para mi personalidad de tipo A, orientada al trabajo, pero yo no lo vi. Oh no, cuando tienes una vida apretada, tienes visión de túnel – solo ves el siguiente punto en tu agenda. Y todo lo que no se pueda tachar de la lista es una pérdida de tiempo.

Cada vez que mi hija me desviaba de mi horario, me decía a mí misma: “No tenemos tiempo para esto”. Así que las dos palabras que más usaba con mi pequeña amante de la vida eran: “Date prisa”.

Empezaba mis frases con esas dos palabras.

Date prisa, vamos a llegar tarde.

Y las terminaba igual.

Nos lo vamos a perder todo si no te das prisa.

Comenzaba el día así.

Date prisa y cómete el desayuno.

Date prisa y vístete.

Terminaba el día de la misma forma.

Date prisa y lávate los dientes.

Date prisa y métete en la cama.

Y aunque las palabras “date prisa” conseguían poco o nada para aumentar la velocidad de mi hija, las pronunciaba igualmente. Tal vez incluso más que las palabras “te quiero”.

La verdad duele, pero la verdad cura… y me acerca a la madre que quiero ser.

Entonces, un día trascendental, las cosas cambiaron. Habíamos recogido a mi hija mayor del cole y estábamos saliendo del coche. Como no iba lo suficientemente deprisa para su gusto, mi hija mayor le dijo a su hermana: “Eres muy lenta”. Y cuando se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro exasperado, me vi a mí misma – la visión fue desgarradora.

Yo era una matona que empujaba y presionaba y acosaba a una niña pequeña que sólo quería disfrutar de la vida.

Se me abrieron los ojos, vi con claridad el daño que mi existencia apresurada infligía a mis dos hijas.

Aunque me temblaba la voz, miré a los ojos de mi hija pequeña y le dije: “Siento mucho haberte metido prisa. Me encanta que te tomes tu tiempo, y me gustaría ser más como tú”.

Mis dos hijas me miraban igualmente sorprendidas por mi dolorosa admisión, pero la cara de mi hija menor tenía un brillo inconfundible de validación y aceptación.

“Prometo ser más paciente a partir de ahora”, dije mientras abrazaba a mi pequeña, que sonreía con la promesa de su madre.

Fue bastante fácil desterrar las palabras “date prisa” de mi vocabulario. Lo que no fue tan fácil era conseguir la paciencia necesaria para esperar a mi lenta hija. Para ayudarnos a las dos, empecé a darle un poco más de tiempo para prepararse si teníamos que ir a alguna parte. Y a veces, incluso así, todavía llegábamos tarde. En esos momentos me tranquilizaba pensar que solo llegaría tarde a los sitios unos pocos años, mientras ella fuese pequeña.

Cuando mi hija y yo íbamos a pasear o a la tienda, le dejaba marcar el ritmo. Y cuando se paraba para admirar algo, intentaba quitarme la agenda de la cabeza para simplemente observar lo que hacía. Vi expresiones en su cara que no había visto nunca antes. Estudié los hoyuelos de sus manos y la forma en que sus ojos se arrugan cuando sonríe. Vi cómo otras personas respondían cuando se paraba para hablar con ellos. Observé cómo descubría bichos interesantes y flores bonitas. Era una observadora, y aprendí rápidamente que los observadores del mundo son regalos raros y hermosos. Ahí fue cuando por fin me di cuenta de que era un regalo para mi alma frenética.

Mi promesa de frenar es de hace casi tres años, y al mismo tiempo empezó mi viaje para dejar de lado la distracción diaria y atrapar lo que de verdad importa en la vida. Vivir en un ritmo más lento todavía requiere un esfuerzo extra. Mi hija pequeña es el vivo recuerdo de por qué tengo que seguir intentándolo. De hecho, el otro día, me lo volvió a recordar.

Habíamos salido a dar un paseo en bicicleta durante las vacaciones. Después de comprarle un helado, se sentó en una mesa de picnic para admirar con deleite la torre de hielo que tenía en la mano.

De repente, una mirada de preocupación cruzó su rostro. “¿Tengo que darme prisa, mamá?”

Casi lloro. Tal vez las cicatrices de una vida acelerada no desaparecen por completo, pensé con tristeza.
Mientras mi hija me miraba esperando a saber si podía tomarse su tiempo, supe que tenía una opción. Podía sentarme allí y sufrir pensando en la cantidad de veces que le había metido prisa a mi hija en la vida… o podía celebrar el hecho de que hoy intento hacer algo distinto.

Elegí vivir el hoy.

“No tienes que darte prisa. Tómate tu tiempo”, le dije tranquilamente. Su rostro se iluminó al instante y se le relajaron los hombros.

Y así estuvimos hablando de las cosas de las que hablan las niñas de seis años que tocan el ukelele. Incluso hubo momentos en que nos sentamos en silencio simplemente sonriendo la una a la otra y admirando las vistas y sonidos que nos rodeaban.

Pensé que mi hija se iba a comer toda la maldita cosa – pero cuando llegó al último pedazo, me pasó la cuchara con lo que quedaba de helado. “He guardado el último bocado para ti, mamá”, me dijo con orgullo.

Mientras el manjar saciaba mi sed, me dí cuenta de que había hecho el negocio de mi vida.

Le di a mi hija un poco de tiempo … y, a cambio, ella me dio su último sorbo y me recordó que las cosas son más dulces y el amor llega con más facilidad cuando dejas de correr por la vida.

Ya se trate de …

Tomarse un helado

Coger flores

Ponerse el cinturón de seguridad

Batir huevos

Buscar conchas en la playa

Ver mariquitas y otros bichos

Pasear por la calle

No diré: “No tenemos tiempo para esto”. Porque básicamente estaría diciendo: “No tenemos tiempo para vivir”.

Hacer una pausa para deleitarse con los placeres simples de la vida es la única manera de vivir de verdad.

(Confía en mí, he aprendido de la mejor experta del mundo)

Un año después

Algunas amigas me han preguntado últimamente por qué no he vuelto a escribir nada, especialmente ahora que se ha cumplido un año del inicio de mi “Odisea”. La verdad es que no me sentía muy inspirada, posiblemente gracias a los tiempos extraños (por no decir otra cosa) que corren por el trabajo. Y aunque he vuelto a recordar la sensación de vértigo en un par de ocasiones estos días atrás con las dichosas pruebas, el trabajo me ha tenido entretenida durante las esperas.

Pero hoy, día de la madre, me he acordado muchisimo del año pasado. Posiblemente porque he vuelto a hacer dos de las cosas que más me importan en este momento de mi vida: desayuno madrugador y nutripoderoso en La Más Bonita con las amigas más bonitas que se puede tener (qué gran idea, seguro que de Raquel) y paseo por la playa con comida en familia para rematar la faena de hoy. La tranquilidad, la paz, la felicidad de estar con la familia, estar todos juntos y estar bien. La ternura, el sentido de protección, el amor infinito cuando Blanca se queda dormida al brazo o cuando Sofia me dice muerta de risa y sujetándome la cara con sus dos manitas “te quiero con ternura y avalura (palabra que se ha inventado ella)…” e insiste en que me tengo que casar con ella.

Hace un año, acobardada pero preparada para el horror que se me venía encima. Hoy, feliz y enormemente agradecida por estar aquí y poder disfrutar de mi familia que es lo más grande del mundo. Tal vez mañana me caiga una maceta en la cabeza pero el día especial que he vivido hoy me lo llevo puesto, y es un suma y (por ahora) sigue. 

No creo que consiga ser ni la mitad de buena que es mi madre pero al menos sí espero que mis hijas me quieran una cuarta parte de lo que yo quiero a la mía. Ella es la esencia de mi vida, mi motor, mis pilas, mi energía, mi modelo, mi amiga,…y muchas otras cosas. Tú lo sabes, mami. Así que este post va por ti que te quiero con locura y “avalura”.

UN PENSAMIENTO POSITIVO Y UN CONSEJO 

“Una de cada ocho mujeres padecerá cáncer de mama a lo lago de su vida, por lo que la atención médica continuada resulta fundamental si se quiere atajar el tumor cuanto antes.”

“Identificar el cáncer de mama cuanto antes resulta fundamental, puesto que las posibilidades de curación cuando los tumores se detectan en su etapa inicial son casi del 100%. Para localizar las células cancerosas, es importante someterse periódicamente a mamografías, unas técnicas no invasivas que pueden detectar lesiones en la mama incluso dos años antes de que sean palpables.” (elconfidencial.com) 

Una de cada ocho mujeres en el mundo, 22.000 casos al año detectados en España. Lo mío ha sido suerte eh? Creo que lo justo sería que ahora en Navidad me tocase la lotería… Pero bueno… ahí va mi pensamiento positivo de hoy. Si una de cada ocho, y me ha tocado a mí, con mi cáncer he salvado a siete mujeres que estadísticamente ya no lo padecerán. No solo guerreras, ahora resulta que somos también unas auténticas heroínas. Me siento salvadora, y pensarlo me hace feliz. Evidentemente no puedo elegir a quien salvo, es solo una estadística, pero me gusta pensar que son las mujeres de mi vida quienes ahora ya son intocables. “No, Sr. Cangrejo, por aquí Usted ya ha pasado, así que puede largarse por donde ha venido”. Hemos cubierto el cupo.

Y mi consejo, para todas las mujeres con quienes comparto la vida, familia, amigas, compañeras de trabajo, conocidas, y todas aquellas que no me conocen pero que están leyendo este post, es importantísimo pillar al bicho a tiempo, lo antes posible, antes de que se acomode y quiera visitar otras partes de nuestro cuerpo. Yo soy un claro ejemplo. Mi cáncer estaba en el estadio I. Así que por favor consultad con vuestros ginecólogos e interesaos por las revisiones que permiten realizar un diagnóstico precoz de la enfermedad. Sin miedos y sin obsesiones, pero sin olvidarlo. Estoy convencida de que tomar conciencia de ello, unido a los avances de la medicina (investigación en tratamientos diana que sustituirán las quimioterapias agresivas e inevitables que hoy nos dejan calvas y matan toda célula viviente), harán que dentro de unos pocos años el diagnóstico de cancer de mama sea algo mucho menos preocupante de lo que lo es hoy. 

Y para ti, que estás leyendo esto y te acaban de diagnosticar un cáncer de mama, y estás asustada como nunca lo has estado, tranquila, hoy el cáncer se cura. Sé positiva, cuídate mucho (ejercicio y alimentación sana) y déjate llevar por el equipo médico. Te quedarán cicatrices, tanto en el cuerpo como en el alma, pero aprenderás a quererlas porque te harán ser más feliz para el resto de tu vida. Una vida que ni tú ni yo ni nadie sabemos hasta dónde llegará. Pero desde luego, la que nos quede, va a ser genial. Porque recuerda y siéntete orgullosa, eres una heroina. Gracias a ti, siete mujeres ya no lo padecerán.  
 

Echando la vista atrás

Aunque ya más tranquila con el tratamiento terminado, no puedo dejar de pensar si algun dia dejaré de pensar (valga la redundancia) en el cáncer. Si algun dia terminará definitivamente esta pesadilla. Si dejaré de estar pendiente de una proxima revision, de una proxima fecha para recoger las pastillas de la farmacia, de revisarme el pecho sin el miedo a encontrarme un bultito… Yo creo que esto ya es para siempre. Creo que es el precio que tengo que pagar por haberme enfrentado al puto cancer, por haberle (espero) ganado la batalla a ese cabron. La batalla de mi vida. Soy una superviviente y con eso me temo que voy a vivir el resto de mi vida. 

Durante varias semanas creí que se me acababa de repente, que me la arrebataban sin piedad, que no me quedaba tiempo para nada… Mis niñas, mis niñas, mis niñas…solo pensaba en ellas. En lo que seria crecer sin una madre. Sin conocerla.  Terribles momentos. Y ahora que parece que la vida me ha dado una tregua, ahora intento hacer las cosas mejor. Por lo menos con ellas. Me doy cuenta cuando estoy siendo demasiado estricta, demasiado gritona o demasiado seria. E intento rectificar, dulcificar y hacer cosas divertidas (aunque me cuesta). Ojala las vea crecer, estudiar una carrera (o varias), enamorarse, casarse y tener hijos. Ser buenas personas, estar rodeadas de familia y de amigos verdaderos… Pero por si acaso no es así, voy sembrando buenos recuerdos, buenas costumbres, inolvidables momentos. Semillitas de mamá. 

 
Aun me faltan algunas revisiones antes de que acabe el año. Dichoso año… Cuántos imprevistos, cuánto miedo, cuánta incertidumbre, cuántos sentimientos a flor de piel, cuántas emociones,…demasiado para un año. Seguro que de tanto sufrir nos han salido varias arrugas y un monton de canas. Pero aquí estoy, aquí estamos. Además seguro que somos un poco mas sabios y mas ricos y mas afortunados. Porque sabemos lo valiosa que es la vida. Lo importante que es aprovechar todos los momentos. Y lo facil que puede ser perderla. Y eso es sabiduría. Y como el tiempo es oro, somos mas ricos, porque ahora cada segundo cuenta. Y, por supuesto, estamos aquí y ahora. Y ademas estoy rodeada de gente grande y autentica que me lo ha demostrado tras cada zancadilla, y sin temblar el pulso. 

Soy muy afortunada. Lo sé. Pero qué quieres que te diga, amiga… aunque no me rindo, ni de coña, a mi me sigue aterrorizando pensar en el cáncer…

La radioterapia

20 sesiones. Suerte tener el pecho pequeño. Yupi!!! Una ventaja, por fin. 

Ya he terminado. Me he pasado todo el mes de agosto pringadilla y con la teta pintada pero bueno ya sabes que lo mio ultimamente es lo de dar gracias. Asi que, una vez mas, soy afortunada. Al estar de vacaciones me he podido permitir pasarme todo el dia poniendome mis potingues mágicos. Y ha funcionado. Ni una descamacion, ni irritacion, ni nada por el estilo. Por si le sirve a alguien que me lea, os cuento lo que me he puesto. En casa, me hacia un mejunge de nivea (la de toda la vida) y aceite de argan (puro, traido directamente de Marruecos).  En el hospital, despues del tratamiento me ponia una crema de farmacia que se llama Tectum. Es nueva y es especial para la radioterapia. Y ahora que ya he terminado, me sigo poniendo aceite de argan y rosa mosqueta. 

La verdad es que no me he enterado de nada. Llegaba al hospital, avisaba en el mostrador de haber llegado, me sentaba en la sala de espera (poca espera para mi porque parecia que tuviera enchufe, siempre me llamaban antes que a los demas, aunque ya estuvieran esperando al llegar yo -a veces me daba hasta vergüenza-), entraba en una cabina donde me desnudaba de cintura para arriba y me ponia una sabana, y cuando me llamaban pasaba a la sala de radioterapia. Un poco de frio compensado con la amabilidad de las tecnicos. Me tumbaba bajo una maquina con los brazos por arriba de la cabeza. La maquina sacaba una especie de brazo que ajustandose a mis pinturas de guerra hacia unos ruiditos, cambiaba de posicion, hacia otra vez ruiditos y se acababa. Volvia a la cabina, me ponia la crema y me vestia.  Desde que entraba en cabina hasta que salia, diez minutos. Un dia a la semana tardaba cinco minutos mas porque la misma maquina me hacia placas. Para comprobar que todo se estaba haciendo bien. Y una vez por semana tenia que pasar por enfermeria para comentar si tenia algun problemita. Nunca lo tuve. 

  
Esta es una maquina de radioterapia. La he sacado de internet pero es exactamente igual que la mia. Incluida la camilla y los accesorios. Creo que mi maquina era mas moderna pero vamos prima hermana. Las tecnicos eran muy bonicas. Le llamaban la sala de la playa porque le habian puesto un super vinilo en la pared de la entrada con el dibujo de una playa. Y lo mismo en el techo sobre la camilla, de manera que eso era lo que veias mientras la maquina te tostaba la teta. “Venga Sara, vamos a la playa”. 

No hemos podido hacer nada en todo el mes y me ha sabido un poco mal por Diego y sobretodo por las niñas pero me he sentido bien pudiendo ir sola al hospital (aparcando en la misma puerta, en el espacio reservado a las ambulancias sin que nadie me llamase la atencion -a las 18:45 h en el mes de agosto te lo puedes permitir-), y volver a casa en poco mas de una horita (del chalet al hospital me costaba media hora). En el trayecto de vuelta pensaba que volvia a casa cargada de pilas, de super poderes, de rayos curativos y me sentia muy bien. Sobretodo pensando en la alternativa. Pensando cuántas sesiones de quimio me faltarian y cómo la estaria llevando. Uf qué miedo me entraba otra vez… Volvia a casa un poco mas sana y mucho mas feliz. ¿Cansancio? No más del que las niñas me causan normalmente. ¿Sensacion de calor o quemadura? No. Bueno, no en especial. Ha sido un mes de agosto criminal de calor. Felicidad y cero problemas. Del 4  al 31 de agosto exactamente, todos los dias de lunes a viernes, excepto uno que tuvieron que calibrar la maquina. 

Tratamiento superado. Me falta la revision del radiologo y del cirujano. Y si no hay novedades, en diciembre la revision con super MMM, la oncologa. Por el momento nada de mamografias, resonancias ni nada por el estilo. Solo quiere una analitica. Bien!

(Perdonad pero ya estoy trabajando y tengo cero de tiempo. Ahora sí que estoy cansada… Pero esta os la debia)

 

Por fin…

Por fin hoy empiezo mi tratamiento. Yupi!!!! Estoy en la sala de espera de La Fe (esperando, obviamente, para variar). No sé si mi pataleo ha servido de algo, me gustaria pensar que no, y que esto es lo correcto. Pero aqui no se ve mucho movimiento. “Hay mucho personal de vacaciones”, nos ha dicho el enfemero amable. Manda h….

Bueno, seamos positivos. Hoy por fin empiezo. Hoy me he hecho la super analitica para llevársela el lunes a MMM. Y si todo sale bien, el lunes seguiremos  de celebracion. Porque, amigas mías, no nos olvidemos de celebrar la vida todos los dias. Aunque los problemas y los vampiros (gente toxica que nos rodea y te encuentras cuando menos te lo esperas), a veces nos lo pongan dificil. Somos guerreras de la vida. Ante todas las adversidades. Da igual una enfermedad o la vida misma. 

Y hoy voy a celebrar ademas el segundo martes sin quimio de Loles. Que está consiguiendo ganarle la batalla al bicho. Yupi!!!!! Super martes de doble celebración. 

Hasta pronto amigas. 

(Por cierto, ha sido muy duro ver pasar a dos niños con cancer. Se me ha partido el alma. Pero hoy quiero pensar que, como Loles y como yo, lo estan superando. A partir de ahora, mi saquito de energia lleno hasta los topes es para ellos. Valientes angelitos, lindos, lindos…)